Una página escrita por el menor de sus hijosFundación · Santa Marta · Bogotá

Rufino Rafael Acosta Rodríguez

Mi padre no me enseñó a tomar atajos.

Me enseñó algo más difícil: construir una vida sólida, palabra por palabra, decisión por decisión, sin abandonar los principios cuando nadie está mirando.

Una vida que quedó en pie.

Escribo esta página porque hay cosas que uno aprende tarde a agradecer. Mi papá nunca me ofreció un camino fácil. Me enseñó algo mejor: que una vida puede tardar en construirse y, precisamente por eso, quedar en pie.

Llegó a Bogotá desde el Magdalena en el cruce entre el estudio y el periodismo. Trabajó mientras estudiaba Derecho. Hizo una vida en la capital sin deshacerse del lugar del que venía. De él aprendí que avanzar no exige abandonar la raíz y que el éxito pierde sentido cuando obliga a negociar la decencia.

Gracias, papá, por enseñarme a construir sin atajos. Todavía estoy entendiendo cuánto había dentro de esa lección.

El Caribe también se hereda.

Mi padre se quedó en Bogotá, pero el Caribe nunca se le quedó atrás. Está en el acento, en el vallenato, en el pescado y el suero; también en esa manera de conversar que puede demorarse sin perder el rumbo. A través de él esa tierra no es para mí un paisaje prestado. Es una parte de la familia que todavía se sienta a la mesa.

El sueroEl pescadoEl calorEl vallenato

Lo que recibí de él

Sus valores no fueron un discurso. Fueron una manera de vivir.

01

Rigor

De él me viene la incomodidad con el dato flojo y con la palabra puesta a la ligera.

02

Lealtad

Lo vi cuidar amistades durante décadas. Estar, para él, nunca fue una palabra vacía.

03

Prudencia

Me enseñó a mirar antes de juzgar y a no confundir la estridencia con la razón.

04

Dignidad

Salir adelante, sí. Pero poder reconocer como propia la vida que uno levantó.

Mi amor por el idioma y por el buen periodismo viene de él.

Primero la radio. Después la prensa escrita. Luego una vida entera en una redacción. Mi papá nunca aceptó que el deporte fuera una excusa para escribir con menos precisión.

Comenzó en 1960 en Deporte al Día, de La Voz de Santa Marta. Pasó por El Informador, fue corresponsal de El Espectador y desde 1965 integró su redacción en Bogotá. Entre 1978 y 1998 estuvo al frente de la sección deportiva: dos décadas formando periodistas y sosteniendo un criterio editorial.

En sus textos hay una manera que reconozco: primero aparece una pregunta; luego, el dato; al final, un juicio sin demasiados adornos. Fidel Cano lo recuerda como su primer jefe y resume dos rigores que también recibí de él: rigor con los datos y rigor con el idioma. Escribir bien era mirar bien, verificar, no exagerar. La precisión también puede ser una forma de respeto.

Leer el testimonio de Fidel Cano ↗

Así ordeno su camino

Seis momentos de una vida dedicada a la palabra.

Su voz

Mi papá comienza en Deporte al Día, en La Voz de Santa Marta.

La tinta

Escribe en El Informador y luego se vuelve corresponsal de El Espectador.

Dos oficios

Llega a Bogotá: entra a la redacción y comienza Derecho en el Externado.

La redacción

Durante veinte años conduce la sección deportiva de El Espectador.

El reconocimiento

Acord y Coldeportes celebran una vida entera dedicada al oficio.

La palabra

Sigue escribiendo. En él, retirarse nunca significó dejar de mirar.

Una herencia viva

Antes que un árbol, hubo acentos, ideas, recetas y maneras de querer.

Escribo estos nombres porque antes de ser fechas fueron personas: tuvieron acento, ideas, recetas, amores y desacuerdos. No quiero reducirlos a una rama. Quiero entender algo de la casa de la que viene mi papá y, con él, de la casa de la que vengo yo.

Una raíz que cruza el océano

España también está en esta historia.

Valentín Rodríguez era español. De Ramón de Acosta siempre se ha dicho en mi familia que era hijo de español. No necesito agrandar esa frase para sentir la raíz: me basta pensar que, antes de nosotros, alguien cruzó una distancia y dejó un apellido andando.

Un océano · dos apellidos · una historia que siguió andando

La otra orilla

Una herencia también bogotana.

Bogotá entró en mi familia como ciudad de estudio, Derecho, periódicos, debate político y construcción paciente de una vida. No borró el Caribe: le dio otra habitación. Mi papá aprendió a vivir entre ambas geografías sin traicionar ninguna. De algún modo, yo también sigo viviendo entre esas dos orillas.

Caribe en la voz · Bogotá en el oficio

Mis abuelos paternos

Dos maneras de dejar una herencia.

Juan Federico Acosta Díaz

De San Jacinto. Laureanista.

De mi abuelo Juan Federico me llegan San Jacinto y unas convicciones políticas sostenidas con firmeza. Fue laureanista de Laureano Gómez. En esa casa la política no era un asunto distante: se discutía el país y se aprendía que una familia puede quererse incluso cuando no piensa igual.

Rosa Colombia Rodríguez Penagos

Una gran cocinera. Elegante. Amorosa como ninguna.

De mi abuela Rosa Colombia me llega otra clase de firmeza: cocinar bien, cuidar las maneras y querer sin economía. Era elegante sin volver la elegancia una distancia. Amorosa como ninguna. Su recuerdo sigue sentado a la mesa.

Antes de la redacción

El Ariguaní, el tren y dos niños corriendo.

Mi papá creció cruzando el río Ariguaní. Con Orlando, su hermano mayor, jugaba a perseguir el tren. El tren siempre ganaba, por supuesto. Ellos volvían a intentarlo. Me gusta pensar que allí comenzó algo de su impulso: mirar el mundo pasar y no resignarse a verlo desde la orilla.

La familia Acosta Rodríguez

Vidas distintas. Una misma familia.

En la casa de los Acosta Rodríguez no todos pensaban igual. Hubo vallenato, Derecho, notarías, enseñanza, periodismo y discusión política. También hubo una forma muy costeña de quererse.

El mayor

Orlando

Mi tío Orlando pasó por múltiples profesiones y sostuvo ideas fuertemente liberales y de izquierda. Fue el mayor y el compañero del tren.

Profesor y periodista

Joaquín

Mi tío Joaquín fue profesor y periodista. Casó con Clara Cucunubá. En él, la palabra también se volvió oficio y forma de acompañar a otros.

La única mujer

Marta

Mi tía Marta fue la única mujer entre los hermanos. Murió joven, y su ausencia sigue siendo uno de los dolores más profundos de mi papá. Sus hijos e hijas son para él como otros hijos e hijas propios.

Periodista y abogado

Rufino

Mi papá: periodista, abogado, hermano, padre. El niño del Ariguaní que hizo de los datos y del idioma una ética de vida.

El menor

Juan Federico

Mi tío Juan Federico, el menor, fue abogado del Externado. Casó con María Isabel “Maribel” Orozco Martínez. El Derecho fue otra de las lenguas compartidas por la familia.

Una página aparteLos que vinieron antesEl árbol familiar completo vive en un espacio propio, para abrirlo cuando se quiera mirar con calma.

La familia que mi papá eligió

Amigos que también fueron maestros.

Mi papá tuvo el raro privilegio de encontrar amigos que también fueron mentores. Nombrar a Santander Barros permite abrir una puerta; no hace falta convertir a los demás en inventario. Con ellos hubo periodismo, Derecho, literatura, deporte, humor y lealtad. Hubo admiración mutua. Hubo cariño.

Santander BarrosRedacciones compartidasMaestros del DerechoAmigos del deporteConversaciones que duraron una vida

Algunos nombres llegaron a mí de más de una manera y otros todavía guardan silencios. Los conservo así. Esta historia seguirá creciendo mientras en la familia sigamos conversando y recordando juntos.

Todavía puedo oírlo aquí

Leerlo es volver a escucharlo.

Dejo aquí algunos de sus textos y una voz que lo recuerda. En ellos reconozco su manera de entrar al asunto, poner los datos sobre la mesa, hacer una pregunta incómoda y cerrar sin estridencia. Es mi papá escribiendo. Eso basta.